sábado, 19 de septiembre de 2026

Día 20 septiembre de 2'26. Domingo XXV del Tiempo Ordinario

 INICIO DEL MINISTERIO PASTORAL DEL NUEVO PÁRROCO 

DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR


LECTURAS

  • Isaías 55,6-9
  • Salmo responsorial
  • Filipenses 1,20c-24.27a
  • Mateo 20,1-16a


La parábola, como hemos escuchado, nos habla de un propietario saliendo de madrugada a contratar obreros para su viña. Es interesante notar que no sale el administrador o encargado, como sería lo más lógico, sino el mismo dueño. De esta manera, Jesús se está refiriendo a Dios mismo, para poner de relieve cómo actúa Dios. El propietario sale en diferentes momentos: a la madrugada, a media mañana, a mediodía, a media tarde y, de nuevo, al atardecer. Con los primeros acuerda en pagarles un denario que, en aquella época, era el jornal justo de un día de trabajo en el campo.

    La lógica de Dios no desprecia la justicia, que la está realizando al pagar lo convenido, pero la supera con la gratuidad de dar a todos lo mismo. Así es el Dios que nos presenta Jesús: pura gratuidad, pura misericordia que, en estos tiempos, es una llamada a hacer realidad que todos: sacerdotes, religiosos/as, laicos, estamos llamados a trabajar en su viña que es la Iglesia y el mundo, pues esta es la misión de la Iglesia.

     La plaza del pueblo es el punto de encuentro de la gente. Así, por ejemplo, una de las “plazas del pueblo” es la misa dominical, donde Jesús se hace presente y nos está llamando. Hay otras plazas en los distintos ámbitos donde nos movemos, como la familia, la calle, los centros deportivos, los bares, los mercados, y la llamada “plaza virtual” que son las redes sociales. Hoy día sucede en esos lugares lo que ocurría en otros tiempos en la plaza del pueblo, como nos habla el evangelio de hoy, donde la gente estaban pasando las horas sin hacer nada. A todos los que estamos en esas plazas, el Señor quiere llamarnos para integrarnos en el cuidado y construcción de su viña que es la Iglesia y el mundo. Nos toca hacernos la pregunta: cómo acogemos la llamada y cómo estamos colaborando.

   El Señor viene repetidas veces a nuestras plazas durante el día para llamar a todos los que ahí están; quiere que todos los hombres y mujeres se salven, que todas las personas se unan a su vida y misión. Nuestra misión como cristianos no se reduce a un cumplimiento por obligación, sino que nos pide una actitud de estar dispuestos a “tiempo y destiempo”,  como decía San Pablo

   El denario como jornal es la paga que Dios nos da significa participación en su vida y felicidad por siempre o “vida eterna”.


LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA

 



sábado, 12 de septiembre de 2026

Día 13 septiembre de 2026. Domingo XXIV del Tiempo Ordinario.

 

Eclesiástico 27,30-28,7

Salmo responsorial 102, 1-4.9-12

Romanos 14,7-9

Mateo 18,21-35


Cada domingo la Iglesia nos ofrece el regalo de pensar en un aspecto de la vida cristiana, como hoy, que trata del perdón. Todas las lecturas y el salmo responsorial nos hablan de ello. Seguro que todos tenemos experiencia que, sin perdón, la vida se convierte en un infierno. Así lo vemos, a veces, en las familias, en el trabajo, en la vida social. Sin perdón, las familias terminan destruyéndose, la amistad no podría existir, y todo se convierte en odio, desconfianza, sospecha y deseo de venganza.

El evangelio de hoy es un ejemplo del buen y del mal proceder. Jesús lo ilustra con la parábola que cuenta, respondiendo a la pregunta sutil de Pedro: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta 7 veces?” Y Jesús responde: “No solo 7 veces, sino 70 veces 7”, con lo cual está diciendo que hay que perdonar siempre, es decir, cuantas veces hagan falta.

En la medida en que tengamos conciencia del perdón que hemos recibido de Dios,  que nos da gratuitamente, podremos practicar y vivir este perdón de hermano a hermano. A veces no se nota que somos cristianos, porque nos odiamos, somos rencorosos, y esperamos la ocasión para vengarnos; Nos comportamos así porque no hemos tomado conciencia que Dios nos perdona. Hace falta que desde el corazón tengamos la certeza que Dios nos perdona, y solo entonces actuaremos en consecuencia, como repetía tantas veces Jesús: “Sed misericordiosos como vuestro padre del cielo es misericordioso”.

 Necesitamos el perdón como el pan de cada día. Por ello, en la oración del Padrenuestro, Jesús nos propone decir: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Jesús que conoce nuestra condición humana sabe que con frecuencia ofendemos y que somos ofendidos, y el perdón es como el estaño que nos arregla.

Con frecuencia decimos: “Olvido, pero no perdono”. De hecho, no olvidamos, porque lo que ha pasado, ha pasado, y tenemos presente lo sucedido, a no ser que tengamos algún tipo de amnesia o Alzheimer. Por eso sería más lógico decir: “Perdono, aunque me cuesta”. Perdonar es un acto de nuestra voluntad, por el que decidimos no tener en cuenta el daño que nos han hecho. Por tanto, perdonar no significa ignorar la ofensa, sino no tenerla en cuenta e intentar rehacer las relaciones.

  Jesús nos propone hacer el esfuerzo de perdonar, y perdonar siempre. Y concluye diciendo: “Lo mismo hará con vosotros, mi Padre del cielo, si no amáis de corazón a los demás”.

LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA


 


sábado, 5 de septiembre de 2026

Día 6 septiembre de 2026. Domingo XXIII del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

Ezequiel 33,7-9
Salmo responsorial 94,1-2.6-7.8-9
Romanos 13,8-10
Mateo 18,15-20



    Está a la vista que este mundo en que vivimos no es perfecto; basta escuchar las noticias, o asomarse a la calle, para ver que no todo funciona bien. Parece que el mal tiene las riendas del mundo. Los “malos” viven bien, y los “buenos” no dejan de sufrir. También es verdad que hay muchas cosas buenas que pasan, pero no salen en los periódicos, porque no venden tanto como las malas cosas. El mal, por lo general hace mucho ruido.

  Como creyentes, tenemos que intentar ver la vida de otra manera. Lo primero, no conformarnos con lo que hay. Nos lo dice la primera lectura del profeta Ezequiel: somos atalayas, centinelas de Dios en el mundo. Por eso nos toca ser mensajeros, y no dejar que los demás, por nuestra omisión se pierdan, o incluso se cierren a la vida eterna.

  Jesús nos propone cómo ayudar a quienes, siendo de los nuestros, se han apartado del camino. Por experiencia, sabemos que corregir a alguien no es fácil. Hay que encontrar la forma de conjugar el amor fraterno y cierta sensibilidad para ayudar sin ofender. Esto exige darse un tiempo y no precipitarse, apoyarse en la Palabra de Dios, lo que exige humildad, por parte del que corrige, porque debe saber que él no es perfecto, y el corregido, necesita dejarse iluminar por las personas que están cerca y ven lo que puedes hacer mejor. No siempre gusta cuando te dicen que estás haciendo algo que no es lo correcto. En todo caso, hay que hacerlo todo con amor. Uno que ama a su prójimo no le hace daño. El amar a alguien incluye corregir con amor al que se ha equivocado.

  A través del perdón y de la reconciliación podemos restablecer las relaciones comunitarias. No somos un montón de personas, sino una comunidad de creyentes, en la que todos dependemos unos de otros para poder ser mejores. En Jesús tenemos el ejemplo a seguir: él es el Buen Pastor que busca la oveja perdida hasta que la encuentra y la devuelve al rebaño. Que sepamos imitarlo, para amar más y más a nuestros hermanos.

LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ROQUE DE ALMANSA