- Eclesiástico 24,1-2.8-12
- Salmo responsorial
- Efesios 1,3-6.15-18
- Juan 1, 1-18
Vivimos una época en la que acumulamos
datos y más datos, buscamos respuestas rápidas, y confundimos a menudo el saber
con el ruido, enganchados a los móviles y redes sociales, ausentes para quienes
nos rodean. No tenemos más que subir al autobús urbano, y vemos cuántas
personas están pendientes del móvil, ausentes de la realidad que los envuelve.
Pero
la sabiduría no se mide por la cantidad de libros leídos, ni es solo un
concepto, sino una experiencia. ¡Cuántas personas sencillas y sin estudios encontramos
en la vida, que son realmente sabias!
Tenemos que preguntarnos qué espacio
dejamos en nuestra vida para que la sabiduría de Dios la hagamos nuestra, porque
a veces, escuchamos el evangelio, y cuando terminamos de proclamarlo, ya no nos
acordamos de lo que hemos escuchado. Seguramente porque hay otras cosas que
bullen en nuestra mente, que impiden que entre en nosotros la sabiduría de Dios.
Cuando nos decía Juan Bautista en Adviento “preparad el camino al Señor, allanad
sus senderos”, era una llamada a abrir nuestro corazón a la Sabiduría de Dios, que
es Jesús, el Mesías y Señor, que viene para darnos la vida de Dios, como nos ha
dicho san Pablo en la 2ª lectura.
El Evangelio insiste en que, quien
acoge la Palabra que es Jesucristo, está llamado a dejarse transformar por él; esto
es ser discípulos de Cristo. Y esto nos debe ayudar a hacer una
lectura creyente de la vida y descubrir cómo la Palabra de Dios está presente
en medio de nosotros: en nuestras familias, en nuestras calles, en los lugares
de encuentro. La Palabra de Dios se hace presente en gestos de cariño hacia el
otro, que se muestra en el saludo, en una mirada misericordiosa, en la ayuda a
un compañero de trabajo, en la atención a enfermos y ancianos, en el esfuerzo
por conseguir un mundo más solidario, más comunitario.
Los evangelios nos presentan a Jesús
como peregrino que recorre pueblos y aldeas, donde encuentra rostros e
historias de vida. Él es la Palabra, y con sus gestos da vida a las personas. Pero
para reconocerlo hace falta silencio interior, dejar que entre en nuestra vida,
y dejarnos acompañar por él, como declaró a sus discípulos la víspera de su
muerte: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.
LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA
HOJA DOMINICAL DIOCESANA
Vivimos una época en la que acumulamos
datos y más datos, buscamos respuestas rápidas, y confundimos a menudo el saber
con el ruido, enganchados a los móviles y redes sociales, ausentes para quienes
nos rodean. No tenemos más que subir al autobús urbano, y vemos cuántas
personas están pendientes del móvil, ausentes de la realidad que los envuelve.
Pero
la sabiduría no se mide por la cantidad de libros leídos, ni es solo un
concepto, sino una experiencia. ¡Cuántas personas sencillas y sin estudios encontramos
en la vida, que son realmente sabias!
Tenemos que preguntarnos qué espacio dejamos en nuestra vida para que la sabiduría de Dios la hagamos nuestra, porque a veces, escuchamos el evangelio, y cuando terminamos de proclamarlo, ya no nos acordamos de lo que hemos escuchado. Seguramente porque hay otras cosas que bullen en nuestra mente, que impiden que entre en nosotros la sabiduría de Dios. Cuando nos decía Juan Bautista en Adviento “preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”, era una llamada a abrir nuestro corazón a la Sabiduría de Dios, que es Jesús, el Mesías y Señor, que viene para darnos la vida de Dios, como nos ha dicho san Pablo en la 2ª lectura.
El Evangelio insiste en que, quien acoge la Palabra que es Jesucristo, está llamado a dejarse transformar por él; esto es ser discípulos de Cristo. Y esto nos debe ayudar a hacer una lectura creyente de la vida y descubrir cómo la Palabra de Dios está presente en medio de nosotros: en nuestras familias, en nuestras calles, en los lugares de encuentro. La Palabra de Dios se hace presente en gestos de cariño hacia el otro, que se muestra en el saludo, en una mirada misericordiosa, en la ayuda a un compañero de trabajo, en la atención a enfermos y ancianos, en el esfuerzo por conseguir un mundo más solidario, más comunitario.
Los evangelios nos presentan a Jesús
como peregrino que recorre pueblos y aldeas, donde encuentra rostros e
historias de vida. Él es la Palabra, y con sus gestos da vida a las personas. Pero
para reconocerlo hace falta silencio interior, dejar que entre en nuestra vida,
y dejarnos acompañar por él, como declaró a sus discípulos la víspera de su
muerte: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.
