Elías pensaba que Dios se debía
manifestar con fuerza y poder, y por eso cuando siente el huracán y el fuego en
el monte, piensa que ahí está Dios; sin embargo, Dios se hace presente en el “susurro
de brisa suave”, es decir Dios se manifiesta en la sencillez de la vida, cuando
se está atento a leer su paso por nuestra historia. De este modo se subraya que
Dios no se impone por la fuerza, sino que exige disposición interior, silencio
y oración para ser percibido.
No es tan raro que en nuestra vida
ocurran acontecimientos inesperados que nos descolocan, como le sucedió a
Elías. Andábamos tan convencidos de estar
haciendo lo que teníamos que hacer, incluso, quizás, no lo hacíamos mal,
obteníamos buenos resultados, estábamos bien considerados..., pero de pronto
algo no nos sale bien, y nos quedamos desconcertados. Puede ser la muerte de alguien que nos
importa mucho..., o un fracaso en los estudios/trabajos..., puede ser un
problema de familia..., o puede que nos veamos sin fuerzas ante un reto
difícil, sin saber por dónde tirar. Y el resultado es un montón de
preguntas: ¿De qué vale todo lo que he hecho hasta ahora? ¿En qué me he
equivocado? ¿Qué es lo realmente importante, y cómo cuidarlo?
El Evangelio de hoy nos presenta a
los discípulos de Jesús, de noche, cruzando el lago, con viento contrario, y
aunque algunos de ellos son pescadores experimentados y conocedores de aquel
lago, de aquí que la preocupación y el miedo se les haya metido en el cuerpo. La barca con los discípulos en medio del
mar se ha visto siempre como un símbolo de la Iglesia, rodeada de los peligros
del mundo. En el camino del seguimiento, el discípulo de Jesús debe ser
consciente de las dificultades que deberá enfrentar a lo largo de todo su
recorrido. Pueden ser obstáculos que inducen al desaliento y al miedo.
Sin embargo, el discípulo es acompañado
constantemente por la presencia cercana del “Dios con nosotros” que le alienta.
Pero esto no quita que la “poca fe” y la “duda” se instalen en el corazón de quienes
seguimos a Jesús, porque somos humanos, y eso Jesús lo sabe.
Los cristianos deberíamos ser
consciente que Jesús está siempre preocupado por la barca, es decir, por la
Iglesia. En su despedida prometió, y Jesús no falla: “Y sabed que estoy con
vosotros cada día hasta el final de los tiempos”. Su cercanía en medio de las dificultades
se hace manifiesto en las palabras de aliento dirigida a los discípulos: “No
temáis, soy yo”. Ya vemos que Pedro, golpeado por las olas y empujado por el
viento, siente miedo, duda, pero grita “Señor, sálvame”, porque sabe que sin Él
perecería. Jesús se dirige a Pedro y compañeros, salvándolos.