sábado, 8 de agosto de 2026

Día 9 agosto de 2026. Domingo XIV del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

  • 1 Reyes 19,9.11-13a
  • Salmo responsorial 84, 9-14
  • Romanos 9,1-5
  • Mateo 14,22-33 

   


 

Elías pensaba que Dios se debía manifestar con fuerza y poder, y por eso cuando siente el huracán y el fuego en el monte, piensa que ahí está Dios; sin embargo, Dios se hace presente en el “susurro de brisa suave”, es decir Dios se manifiesta en la sencillez de la vida, cuando se está atento a leer su paso por nuestra historia. De este modo se subraya que Dios no se impone por la fuerza, sino que exige disposición interior, silencio y oración para ser percibido.

   No es tan raro que en nuestra vida ocurran acontecimientos inesperados que nos descolocan, como le sucedió a Elías. Andábamos tan convencidos de estar haciendo lo que teníamos que hacer, incluso, quizás, no lo hacíamos mal, obteníamos buenos resultados, estábamos bien considerados..., pero de pronto algo no nos sale bien, y nos quedamos desconcertados. Puede ser la muerte de alguien que nos importa mucho..., o un fracaso en los estudios/trabajos..., puede ser un problema de familia..., o puede que nos veamos sin fuerzas ante un reto difícil, sin saber por dónde tirar. Y el resultado es un montón de preguntas: ¿De qué vale todo lo que he hecho hasta ahora? ¿En qué me he equivocado? ¿Qué es lo realmente importante, y cómo cuidarlo?

    El Evangelio de hoy nos presenta a los discípulos de Jesús, de noche, cruzando el lago, con viento contrario, y aunque algunos de ellos son pescadores experimentados y conocedores de aquel lago, de aquí que la preocupación y el miedo se les haya metido en el cuerpo. La barca con los discípulos en medio del mar se ha visto siempre como un símbolo de la Iglesia, rodeada de los peligros del mundo. En el camino del seguimiento, el discípulo de Jesús debe ser consciente de las dificultades que deberá enfrentar a lo largo de todo su recorrido. Pueden ser obstáculos que inducen al desaliento y al miedo.

    Sin embargo, el discípulo es acompañado constantemente por la presencia cercana del “Dios con nosotros” que le alienta. Pero esto no quita que la “poca fe” y la “duda” se instalen en el corazón de quienes seguimos a Jesús, porque somos humanos, y eso Jesús lo sabe.

  Los cristianos deberíamos ser consciente que Jesús está siempre preocupado por la barca, es decir, por la Iglesia. En su despedida prometió, y Jesús no falla: “Y sabed que estoy con vosotros cada día hasta el final de los tiempos”. Su cercanía en medio de las dificultades se hace manifiesto en las palabras de aliento dirigida a los discípulos: “No temáis, soy yo”. Ya vemos que Pedro, golpeado por las olas y empujado por el viento, siente miedo, duda, pero grita “Señor, sálvame”, porque sabe que sin Él perecería. Jesús se dirige a Pedro y compañeros, salvándolos.

LECTIO DIVINA SAN ISIDRO DE ALMANSA