domingo, 26 de julio de 2026

Día 26 julio de 2026. Domingo XVII del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

  • 1 Reyes 3,5.7-12
  • Salmo responsorial
  • Romanos 8,28-30
  • Mt 13,44-52


   En el fondo, todos buscamos “ser felices”, pero lo hacemos por caminos distintos, muchas veces equivocados. No acabamos de darnos cuenta de que la felicidad tiene mucho más que ver con el ser que con el tener, está más en lo profundo que en la superficie. Saber discernir es la cuestión clave, es decir, saber orientar la vida hacia lo auténtico, lo que realiza de verdad.

    El Reino de Dios, nos dice Jesús, es un tesoro escondido, como una perla de gran valor que, quien lo encuentra se llena de alegría y deja todo para conseguirla. El Reino de Dios es Jesucristo, Dios hecho hombre, presente como uno más en la historia humana y ahora Resucitado. Cuando Jesús decía: “¡Convertíos! El Reino de Dios está cerca”, estaba diciendo “Buscad el Reino de Dios y seréis felices”.

     Los tesoros, a veces se buscan y, a veces, se encuentran por sorpresa. Así es Dios, que se nos muestra como Padre que nos ama y nos perdona, como Alguien que es capaz de dar sentido a nuestra vida. Descubrir esto es descubrir el gran tesoro, pues Dios nos ha puesto en la existencia y cuenta con nosotros para tener una vida plena junto a él, y de modo eterno como es Dios.

    Buscamos realizarnos y estar a gusto con nosotros mismos, cuando resulta que tenemos en nuestro interior el auténtico tesoro: Dios mismo. Lo decía San Agustín: “Dios es más interior a mí que yo mismo”. El que lo encuentra se “llena de alegría”. Este el fruto que produce el encuentro con Dios: la alegría del corazón. Los cristianos que han renunciado a sus bienes para mejor seguir a Jesucristo, por ejemplo, los Apóstoles, san Antonio Abad, Francisco de Asís, no lo hacen como un sacrificio, sino porque han encontrado lo fundamental en sus vidas, y se desprenden de todo lo que dificulta vivir según el “tesoro descubierto; Jesucristo”.

    A la fe se llega por decisión personal y libre, no por tradición o herencia; la tradición y la herencia nos ayudan, pero no es todo. Ahí tenemos el ejemplo de los libros de bautismos parroquiales: están llenos de nombres y datos, pero en la mayoría de ellos no se nota que están bautizados, más bien predomina una fe por tradición o fe sociológica, pero no fe personalizada.

   La fe verdadera compromete a vivir según los criterios del Reino, Así, por ejemplo, desde la fe, venir a Misa debe significar venir con alegría al encuentro comunitario con Jesucristo resucitado, quien nos une a Dios. Para quien cree en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón; la fe ayuda al cristiano a comprometerse con alegría y tesón en las tareas de cada día porque sabe que en el tiempo presente la construcción del mundo por los caminos de la justicia y de la fraternidad desembocará en la salvación.


    LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA


 


viernes, 17 de julio de 2026

Día 19 julio de 2026. Domingo XVI del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

  • Sabiduría 12,13.16
  • Salmo responsorial 85, 5-6.9-10.15-16
  • Romanos 8,26-27
  • Mateo 13,24-43


     Un domingo más, Jesús nos habla del Reino de Dios con una parábola ambientada en el mundo rural de la Palestina de su tiempo: la parábola de la cizaña que alguien ha sembrado en medio del trigo. La cizaña es una mala hierba de aspecto semejante al trigo, al menos en los primeros meses de crecimiento.

    ¿Qué es la cizaña hoy? Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. Nos intentan convencer, en muchos lugares, de que todo vale, que cada uno puede pensar y vivir como quiera, de modo que parece no distinguirse el bien del mal.

     Con el Evangelio en la mano, está claro que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos del mal, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política…  Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús.

    San Agustín decía que hay personas de las que no esperamos nada bueno, pero a veces ocurre que, en el momento menos pensado, por alguna razón, se convierten y llegan a ser los mejores. En cambio, aquel en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, nos decepciona y se convierte en el peor de todos. Esto lo decía San Agustín, tal vez por propia experiencia, porque había sido un perdido, y, sin embargo, por gracia de Dios, se convirtió en una buena persona, ejemplo y maestro de vida cristiana, llegando a ser un gran santo.

    Los Santos son una prueba del cumplimiento de esta parábola. San Pablo, San Agustín, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, y otros muchos, son un ejemplo en quienes vemos cómo Dios ha obrado y cómo ellos han respondido positivamente. Sus autobiografías, no ocultan sus flaquezas y pecados, su necesidad de conversión, y cómo valoran la acción de Dios por medio de otras personas, de la Iglesia, que les ha permitido seguir el camino de Jesucristo, convirtiéndose en ejemplos de cómo seguirlo.

LECTIO DIVINA PARROQUIA SAN ISIDRO DE ALMANSA

 

 

 

 

 

 

viernes, 10 de julio de 2026

Día 12 julio de 2026. Domingo XV del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

  • Isaías 55,10-11
  • Salmo responsorial 64,10-14
  • Romanos 8,18-23
  • Mateo 13,1-23

    Escuchando el Evangelio se nota que Jesús era un hombre de campo y lo mismo quienes lo escuchaban: en sus parábolas aparecen con frecuencia las semillas, los árboles, las flores, los pájaros, la cosecha. Hoy nos cuenta la parábola de la semilla y el sembrador. Cualquiera entiende que una semilla caída sobre un camino, en terreno pedregoso o entre zarzas, no tiene futuro. En cambio, esa misma semilla sembrada en un terreno bueno, da fruto abundante. Con esta forma de hablar, Jesús describe el estilo y manera de actuar de Dios, y anuncia que ese Reino de Dios se ha de extender por todas partes, y también indica que quién se decide por ese Reino ha elegido lo mejor.

     La semilla es la Buena Noticia (Evangelio), anunciada por Jesús en su momento, y más adelante, en nombre de Jesús, la anuncian sus discípulos, por deseo expreso del Señor: “Vosotros seréis mis testigos en Jerusalén, Samaría y hasta los confines de la tierra”.

   Siguiendo el relato de la parábola, Jesús señala que la semilla siempre es buena, porque se trata de Dios, pero ciertos terrenos no son propicios para que la semilla crezca. Con dichos terrenos se refiere a las actitudes de quienes escuchan, pero no responden para que la semilla buena produzca el fruto deseado Jesús habla también de la tierra buena, es la actitud de quien escucha la palabra, la entiende y la recibe como agua de mayo, poniendo manos a la obra, como María, la madre de Jesús, quien después de escuchar al Ángel, dijo: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”, y también dice de ella el evangelio que conservaba como oro en paño todas las cosas referidas a Jesús y las meditaba en su corazón. Con una actitud así la cosecha es abundante y asegurada.  Todos hemos podido ser, en muchos momentos, cualquiera de los 3 primeros terrenos en los que la semilla no prendió; y también, en otras ocasiones, podemos ser esa tierra buena que da su fruto.

   Jesús dirige esta parábola a quienes quieren escuchar la palabra de Dios, como nosotros, de lo contrario no estaríamos aquí. Tenemos otras muchas ocasiones parecidas cuando hacemos oración, rezamos el Rosario, celebramos los sacramentos, leemos el Evangelio, y otras prácticas de piedad, que nos ayudan a cultivar la fe, y, por tanto, a hacer posible que la semilla del reino crezca y dé su fruto.

     Quien produce el fruto es la Palabra de Dios, que es eficaz, como hemos escuchado en la primera lectura de Isaías: “Esto dice el Señor…: La palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”. Nosotros no producimos el fruto, pero sin nosotros, sin nuestra colaboración, la semilla que es la Palabra de Dios no dará fruto alguno. Cada vez que venimos a la Eucaristía, sale el sembrador a sembrar.


LECTIO DIVINA SAN ISIDRO DE ALMANSA 

 

 

 

 

 


jueves, 2 de julio de 2026

Día 5 julio de 2026. Domingo XIV del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

  • Zacarías 8,9-10
  • Salmo responsorial 144,1-2.8-14
  • Romanos 8,9.11-13
  • Mateo 11,25-30


    Jesús llevaba ya tiempo anunciando el Reino de Dios, obrando milagros, y constataba que muchos de los que en teoría estaban mejor preparados para acoger su enseñanza, lo rechazaban. En cambio, otros, la gente sencilla del pueblo, sí acogieron a Jesús, lo que provocó que Jesús orara a Dios, diciendo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos,  y se las has revelado a los pequeños”. Los pequeños de los que habla Jesús son pescadores como eran gran parte de los apóstoles, la gente sencilla del pueblo, los ciegos y enfermos curados como el ciego Bartimeo, o pecadores perdonados como Zaqueo.

     “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré… Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Jesús no propone una vida sin esfuerzo; sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna parte. Todo lo que hagamos a favor del ser humano se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y alegría; por eso dirá: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, dará mucho fruto”. El “yugo y carga” de la que habla Jesús es lo necesario para desplegar todas las posibilidades que nos permitan  ser más humanos.

        Lo que Jesús propone es una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Y por ello, Jesús en pocas palabras resumió el Evangelio: “Amar a Dios sobre todas las cosas, con todas las fuerzas, con toda la mente, con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo”. Este es el mandamiento primero y principal, que lo resumió aún más, en lo que llamamos mandamiento nuevo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.

       Hay gente sencilla que vive dando gracias a Dios, disfrutan de lo bueno de la vida, aceptan sus limitaciones como seres creados que son, soportan con paciencia los males, saben vivir y hacer vivir.  Estos son los que se han tomado en serio las palabras de Jesús: ”Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.

 

LECTIO DIVINA PARROQUIA SAN ISIDRO DE ALMANSA