LECTURAS
- Isaías 55,10-11
- Salmo responsorial
- Romanos 8,18-23
- Mateo 13,1-23
Escuchando el Evangelio se nota que
Jesús era un hombre de campo y lo mismo quienes lo escuchaban: en sus parábolas
aparecen con frecuencia las semillas, los árboles, las flores, los pájaros, la
cosecha. Hoy nos cuenta la parábola de la semilla
y el sembrador. Cualquiera entiende que una semilla caída sobre un camino, en
terreno pedregoso o entre zarzas, no tiene futuro. En cambio, esa misma semilla
sembrada en un terreno bueno, da fruto abundante. Con esta forma de hablar, Jesús describe
el estilo y manera de actuar de Dios, y anuncia que ese Reino de Dios se ha de
extender por todas partes, y también indica que quién se decide por ese Reino
ha elegido lo mejor.
La semilla es la Buena Noticia
(Evangelio), anunciada por Jesús en su momento, y más adelante, en nombre de
Jesús, la anuncian sus discípulos, por deseo expreso del Señor: “Vosotros
seréis mis testigos en Jerusalén, Samaría y hasta los confines de la tierra”.
Siguiendo el relato de la parábola,
Jesús señala que la semilla siempre es buena, porque se trata de Dios, pero ciertos
terrenos no son propicios para que la semilla crezca. Con dichos terrenos se
refiere a las actitudes de quienes escuchan, pero no responden para que la
semilla buena produzca el fruto deseado Jesús habla también de la tierra buena,
es la actitud de quien escucha la palabra, la entiende y la recibe como agua de
mayo, poniendo manos a la obra, como María, la madre de Jesús, quien después de
escuchar al Ángel, dijo: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu
palabra”, y también dice de ella el evangelio que conservaba como oro en paño
todas las cosas referidas a Jesús y las meditaba en su corazón. Con una actitud
así la cosecha es abundante y asegurada. Todos hemos podido ser, en muchos
momentos, cualquiera de los 3 primeros terrenos en los que la semilla no
prendió; y también, en otras ocasiones, podemos ser esa tierra buena que da su
fruto.
Jesús dirige esta parábola a quienes
quieren escuchar la palabra de Dios, como nosotros, de lo contrario no
estaríamos aquí. Tenemos otras muchas ocasiones parecidas cuando hacemos
oración, rezamos el Rosario, celebramos los sacramentos, leemos el Evangelio, y
otras prácticas de piedad, que nos ayudan a cultivar la fe, y, por tanto, a hacer
posible que la semilla del reino crezca y dé su fruto.
Quien produce el fruto es la Palabra de
Dios, que es eficaz, como hemos escuchado en la primera lectura de Isaías: “Esto
dice el Señor…: La palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que
cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”. Nosotros no producimos el fruto,
pero sin nosotros, sin nuestra colaboración, la semilla que es la Palabra de
Dios no dará fruto alguno. Cada vez que venimos a la Eucaristía, sale el
sembrador a sembrar.
LECTIO DIVINA PARROQUIA SAN ISIDRO DE ALAMANSA
Escuchando el Evangelio se nota que Jesús era un hombre de campo y lo mismo quienes lo escuchaban: en sus parábolas aparecen con frecuencia las semillas, los árboles, las flores, los pájaros, la cosecha. Hoy nos cuenta la parábola de la semilla y el sembrador. Cualquiera entiende que una semilla caída sobre un camino, en terreno pedregoso o entre zarzas, no tiene futuro. En cambio, esa misma semilla sembrada en un terreno bueno, da fruto abundante. Con esta forma de hablar, Jesús describe el estilo y manera de actuar de Dios, y anuncia que ese Reino de Dios se ha de extender por todas partes, y también indica que quién se decide por ese Reino ha elegido lo mejor.
La semilla es la Buena Noticia (Evangelio), anunciada por Jesús en su momento, y más adelante, en nombre de Jesús, la anuncian sus discípulos, por deseo expreso del Señor: “Vosotros seréis mis testigos en Jerusalén, Samaría y hasta los confines de la tierra”.
Siguiendo el relato de la parábola, Jesús señala que la semilla siempre es buena, porque se trata de Dios, pero ciertos terrenos no son propicios para que la semilla crezca. Con dichos terrenos se refiere a las actitudes de quienes escuchan, pero no responden para que la semilla buena produzca el fruto deseado Jesús habla también de la tierra buena, es la actitud de quien escucha la palabra, la entiende y la recibe como agua de mayo, poniendo manos a la obra, como María, la madre de Jesús, quien después de escuchar al Ángel, dijo: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”, y también dice de ella el evangelio que conservaba como oro en paño todas las cosas referidas a Jesús y las meditaba en su corazón. Con una actitud así la cosecha es abundante y asegurada. Todos hemos podido ser, en muchos momentos, cualquiera de los 3 primeros terrenos en los que la semilla no prendió; y también, en otras ocasiones, podemos ser esa tierra buena que da su fruto.
Jesús dirige esta parábola a quienes
quieren escuchar la palabra de Dios, como nosotros, de lo contrario no
estaríamos aquí. Tenemos otras muchas ocasiones parecidas cuando hacemos
oración, rezamos el Rosario, celebramos los sacramentos, leemos el Evangelio, y
otras prácticas de piedad, que nos ayudan a cultivar la fe, y, por tanto, a hacer
posible que la semilla del reino crezca y dé su fruto.
Quien produce el fruto es la Palabra de
Dios, que es eficaz, como hemos escuchado en la primera lectura de Isaías: “Esto
dice el Señor…: La palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que
cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”. Nosotros no producimos el fruto,
pero sin nosotros, sin nuestra colaboración, la semilla que es la Palabra de
Dios no dará fruto alguno. Cada vez que venimos a la Eucaristía, sale el
sembrador a sembrar.









