LECTURAS
- 1 Reyes 3,5.7-12
- Salmo responsorial
- Romanos 8,28-30
- Mt 13,44-52
En el fondo, todos buscamos “ser
felices”, pero lo hacemos por caminos distintos, muchas veces equivocados. No
acabamos de darnos cuenta de que la felicidad tiene mucho más que ver con el
ser que con el tener, está más en lo profundo que en la superficie. Saber
discernir es la cuestión clave, es decir, saber orientar la vida hacia lo
auténtico, lo que realiza de verdad.
El Reino de Dios, nos dice Jesús, es un
tesoro escondido, como una perla de gran valor que, quien lo encuentra se llena
de alegría y deja todo para conseguirla. El Reino de Dios es Jesucristo, Dios
hecho hombre, presente como uno más en la historia humana y ahora Resucitado.
Cuando Jesús decía: “¡Convertíos! El Reino de Dios está cerca”, estaba diciendo
“Buscad el Reino de Dios y seréis felices”.
Los tesoros, a veces se buscan y, a
veces, se encuentran por sorpresa. Así es Dios, que se nos muestra como Padre
que nos ama y nos perdona, como Alguien que es capaz de dar sentido a nuestra
vida. Descubrir esto es descubrir el gran tesoro, pues Dios nos ha puesto en la
existencia y cuenta con nosotros para tener una vida plena junto a él, y de
modo eterno como es Dios.
Buscamos realizarnos y estar a gusto con
nosotros mismos, cuando resulta que tenemos en nuestro interior el auténtico
tesoro: Dios mismo. Lo decía San Agustín: “Dios es más interior a mí que yo
mismo”. El que lo encuentra se “llena de alegría”. Este el fruto que produce el
encuentro con Dios: la alegría del corazón. Los cristianos que han renunciado a sus
bienes para mejor seguir a Jesucristo, por ejemplo, los Apóstoles, san Antonio
Abad, Francisco de Asís, no lo hacen como un sacrificio, sino porque han
encontrado lo fundamental en sus vidas, y se desprenden de todo lo que
dificulta vivir según el “tesoro descubierto; Jesucristo”.
A la fe se llega por decisión
personal y libre, no por tradición o herencia; la tradición y la herencia nos
ayudan, pero no es todo. Ahí tenemos el ejemplo de los libros de bautismos
parroquiales: están llenos de nombres y datos, pero en la mayoría de ellos no
se nota que están bautizados, más bien predomina una fe por tradición o fe
sociológica, pero no fe personalizada.
La fe verdadera compromete a vivir
según los criterios del Reino, Así, por ejemplo, desde la fe, venir a Misa debe
significar venir con alegría al encuentro comunitario con Jesucristo
resucitado, quien nos une a Dios. Para quien cree en Jesús, la vida tiene
un sentido, el esfuerzo humano una razón; la fe ayuda al cristiano a
comprometerse con alegría y tesón en las tareas de cada día porque sabe que en
el tiempo presente la construcción del mundo por los caminos de la justicia y
de la fraternidad desembocará en la salvación.
LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA
En el fondo, todos buscamos “ser
felices”, pero lo hacemos por caminos distintos, muchas veces equivocados. No
acabamos de darnos cuenta de que la felicidad tiene mucho más que ver con el
ser que con el tener, está más en lo profundo que en la superficie. Saber
discernir es la cuestión clave, es decir, saber orientar la vida hacia lo
auténtico, lo que realiza de verdad.
El Reino de Dios, nos dice Jesús, es un tesoro escondido, como una perla de gran valor que, quien lo encuentra se llena de alegría y deja todo para conseguirla. El Reino de Dios es Jesucristo, Dios hecho hombre, presente como uno más en la historia humana y ahora Resucitado. Cuando Jesús decía: “¡Convertíos! El Reino de Dios está cerca”, estaba diciendo “Buscad el Reino de Dios y seréis felices”.
Los tesoros, a veces se buscan y, a veces, se encuentran por sorpresa. Así es Dios, que se nos muestra como Padre que nos ama y nos perdona, como Alguien que es capaz de dar sentido a nuestra vida. Descubrir esto es descubrir el gran tesoro, pues Dios nos ha puesto en la existencia y cuenta con nosotros para tener una vida plena junto a él, y de modo eterno como es Dios.
Buscamos realizarnos y estar a gusto con nosotros mismos, cuando resulta que tenemos en nuestro interior el auténtico tesoro: Dios mismo. Lo decía San Agustín: “Dios es más interior a mí que yo mismo”. El que lo encuentra se “llena de alegría”. Este el fruto que produce el encuentro con Dios: la alegría del corazón. Los cristianos que han renunciado a sus bienes para mejor seguir a Jesucristo, por ejemplo, los Apóstoles, san Antonio Abad, Francisco de Asís, no lo hacen como un sacrificio, sino porque han encontrado lo fundamental en sus vidas, y se desprenden de todo lo que dificulta vivir según el “tesoro descubierto; Jesucristo”.
A la fe se llega por decisión personal y libre, no por tradición o herencia; la tradición y la herencia nos ayudan, pero no es todo. Ahí tenemos el ejemplo de los libros de bautismos parroquiales: están llenos de nombres y datos, pero en la mayoría de ellos no se nota que están bautizados, más bien predomina una fe por tradición o fe sociológica, pero no fe personalizada.
La fe verdadera compromete a vivir según los criterios del Reino, Así, por ejemplo, desde la fe, venir a Misa debe significar venir con alegría al encuentro comunitario con Jesucristo resucitado, quien nos une a Dios. Para quien cree en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón; la fe ayuda al cristiano a comprometerse con alegría y tesón en las tareas de cada día porque sabe que en el tiempo presente la construcción del mundo por los caminos de la justicia y de la fraternidad desembocará en la salvación.
LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA


