LECTURAS
- Apocalipsis 11,19a; 12,1-6ab
- Salmo responsorial 44, 10-12.16
- 1 Corintios 15,20-27
- Lc 1,39-56
La fiesta de la Asunción de María es un
día de alegría para todo el pueblo cristiano, porque al celebrar y hablar de la Asunción
de María, estamos también hablando de nosotros: ella nos abre a la esperanza, a
un futuro lleno de alegría porque señala el camino hacia nuestra verdadera Casa,
según la promesa de Jesús: “Voy al Padre a prepararos sitio, para que donde yo
estoy, estéis también vosotros”.
Y
estamos llamados a entrar en esta Casa de Dios con toda nuestra realidad, con
todo nuestro ser, porque Dios conoce y ama todo lo que somos, tal como
proclamamos en el Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del
mundo futuro”. Dios no nos abandona ni siquiera en la muerte, porque en Dios
hay lugar para nosotros. Mirando el destino glorioso de María, contemplamos
también lo que el Señor quiere para nosotros.
Jesús no prometió una salvación del
alma en un impreciso más allá, sino que promete la vida eterna junto a Dios,
“la vida del mundo futuro”, que confesamos en el Credo cada domingo, es
participación e la vida de Dios como hijos resucitados. Nada de lo que para nosotros es valioso se
perderá con la muerte, sino que llegará a su realización plena en Dios, que
nada tiene que ver con las pretensiones humanas de congelar cadáveres, como han
hecho algunos multimillonarios, por si acaso un día se llega a devolver la vida
a dichos cadáveres.
Nuestra esperanza cristiana de vida futura
junto Dios, se fundamenta en la resurrección de Jesús y su promesa de participar
con Él en la vida de Dios, como nos ha
recordado san Pablo (2ª lectura). María nos señala no solo la meta del
cristiano, sino también el camino que conduce a la meta, expresado
sintéticamente en aquellas palabras que ella dirigió a los sirvientes de la
boda en Caná de Galilea: “Haced lo que Jesús os diga”, palabras que deben ser
la norma de nuestra vida en este mundo para así poder vivir con esperanza. Este
es el modo como la Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, nos enseña a seguir a Jesús.
La fiesta de la Asunción de María es un
día de alegría para todo el pueblo cristiano, porque al celebrar y hablar de la Asunción
de María, estamos también hablando de nosotros: ella nos abre a la esperanza, a
un futuro lleno de alegría porque señala el camino hacia nuestra verdadera Casa,
según la promesa de Jesús: “Voy al Padre a prepararos sitio, para que donde yo
estoy, estéis también vosotros”.
Y estamos llamados a entrar en esta Casa de Dios con toda nuestra realidad, con todo nuestro ser, porque Dios conoce y ama todo lo que somos, tal como proclamamos en el Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Dios no nos abandona ni siquiera en la muerte, porque en Dios hay lugar para nosotros. Mirando el destino glorioso de María, contemplamos también lo que el Señor quiere para nosotros.
Jesús no prometió una salvación del alma en un impreciso más allá, sino que promete la vida eterna junto a Dios, “la vida del mundo futuro”, que confesamos en el Credo cada domingo, es participación e la vida de Dios como hijos resucitados. Nada de lo que para nosotros es valioso se perderá con la muerte, sino que llegará a su realización plena en Dios, que nada tiene que ver con las pretensiones humanas de congelar cadáveres, como han hecho algunos multimillonarios, por si acaso un día se llega a devolver la vida a dichos cadáveres.
Nuestra esperanza cristiana de vida futura junto Dios, se fundamenta en la resurrección de Jesús y su promesa de participar con Él en la vida de Dios, como nos ha recordado san Pablo (2ª lectura). María nos señala no solo la meta del cristiano, sino también el camino que conduce a la meta, expresado sintéticamente en aquellas palabras que ella dirigió a los sirvientes de la boda en Caná de Galilea: “Haced lo que Jesús os diga”, palabras que deben ser la norma de nuestra vida en este mundo para así poder vivir con esperanza. Este es el modo como la Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, nos enseña a seguir a Jesús.

