LECTURAS
El diálogo de Jesús con Marta nos sitúa
ante una pregunta esencial: “Yo soy la resurrección y la vida”. Esta misma afirmación nos la hace Jesús, hoy,
a nosotros, y nos pregunta como preguntó a Marta: “¿Crees tú esto? Es decir,
¿creemos de veras que Jesús es nuestra vida y nuestra esperanza? La fe en la
resurrección de Cristo, y en la nuestra, es el núcleo del Evangelio y está en
el centro del Credo qué decimos cada domingo en la misa. Al final del Triduo
Pascual, en la noche o día de resurrección renovaremos nuestras promesas
bautismales, qué tenemos que preparar ya desde ahora, y que consiste
fundamentalmente en confesar como Marta: “Sí, Señor, creo que eres el Hijo de
Dios, que has venido al mundo para darnos la vida eterna”.
El sacerdote es el enviado por el obispo a una comunidad parroquial para servir a los fieles de la misma. Esto requiere una formación especial; no solo formación intelectual, sino formación humana y cristiana intensa. San Pablo nos ha dicho que el Espíritu habita en nosotros. La vida ”según el Espíritu” se aprende en el Seminario, creciendo en libertad interior, discernimiento, madurez humana y espiritual. Solo con un corazón transformado por el Espíritu puede un sacerdote ser fecundo en su servicio a la parroquia. El sacerdote ha de ser pastor, según el modelo del Buen Pastor que es Jesucristo. Por ello lo mismo que Jesucristo acompañó a la familia de Betania por la muerte del hermano Lázaro, también el sacerdote debe acompañar y sostener la esperanza de los cristianos a él confiados, curar las heridas, por mediación de la palabra anunciada, los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el sacramento del Perdón. Hemos escuchado en el Evangelio que Jesús resucita a Lázaro, pero confía a los allí presentes la tarea de desatarlo. Así también, la vocación de sacerdote nace y crece en una Iglesia que ora, apoya, acompaña y crea un clima donde la llamada pueda escucharse.
El día del Seminario nos recuerda que
todos somos responsables de ayudar a quienes el Señor llama, para que puedan
ponerse en camino para servir a Dios y a los demás como sacerdotes. Además de
nuestra oración, también manifestamos nuestro apoyo con nuestra ayuda económica
para hacer frente a los gastos que supone la formación de los seminaristas.
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