domingo, 16 de agosto de 2026

Día 16 agosto de 2026. Domingo XX del Tiempo Ordinario.

 

LECTURAS

  • Isaías 56,1.6-7
  • Salmo responsorial
  • Romanos 11,13-15.29-32
  • Mateo 15,21-28

   Seguramente nos llama la atención el modo de proceder Jesús con esta mujer cananea, proceder a simple vista duro. Diríamos que Jesús la pone a prueba. Frente a aquella mujer que le suplica, Jesús responde, primero, con el silencio; más tarde, parece manifestar a los discípulos que no es asunto de su incumbencia; luego, da el argumento despectivo que dedicaban los judíos a los paganos. Pero la fe de aquella mujer cananea no se deja vencer ni por el silencio, ni por la respuesta elusiva dada a los discípulos, ni por el argumento despectivo. El amor a su hija es grande, y la fe en Jesús también era grande.

    La fe de esta mujer no se derrumba ante la primera negativa; es la fe de una mujer no israelita que cree que Jesús es capaz de atender a quienes están más allá de las fronteras de Israel. Hay otro caso en el evangelio de una fe parecida, la del centurión romano (pagano), que pide a Jesús por la curación de su siervo.  Todo esto nos habla del regalo que supone la fe, que Jesús regala a sus discípulos y al mundo entero a través de ellos, como declaró tras su resurrección: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo…” “Id a todos los pueblos y anunciad el Evangelio; a los que crean los bautizáis en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles lo que yo os he mandado“.

  Ahora ben,  la fe, como regalo que es, necesita ser acogida. Y, además, aceptar también todos los entrenamientos o pruebas que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con un regalo que es el objeto mismo de nuestra fe y de nuestra esperanza: la Vida Eterna en Dios.

   Si miramos nuestra realidad, por desgracia, la mayoría de los padres que piden el bautismo para sus hijos, realmente no tienen fe. Dicen que son creyentes porque han recibido el bautismo, pero nada más; si acaso, cuando se ven en un apuro,  piden a Dios que les saque las castañas del fuego. La mayoría de las familias se contentan con pedir el bautismo, celebrar la fiesta familiar, que es lo importante, y pare usted de contar. Pero eso no es la fe.

  La salvación que ofrece Dios es para todos, judíos y no judíos. Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación, preparando en dicho pueblo la venida del Mesías, con la encarnación de Jesús. Pero luego la salvación debe llegar a todo pueblo, raza y nación. La elección de Israel no significa el rechazo a otros pueblos. San Pablo, el Apóstol de los Gentiles, nos habla también de la salvación universal. Se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo.

  La enseñanza del Evangelio se dirige a toda la asamblea del Pueblo de Dios, pero también es una llamada personal e individual a todos y cada uno de nosotros. Ojalá, Jesús nos diga: “¡Qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas!

LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA