viernes, 27 de febrero de 2026

Día 1 marzo de 2026. Domingo II de Cuaresma.

 

LECTURAS

  • Génesis 12,1-4a
  • Salmo responsorial 32,4-5.18-20.22
  • 2 Timoteo 1,8b-10
  • Mateo 17,1-9

    El “hecho” de la transfiguración quiere mostrar que lo que descubrieron en Jesús tras su muerte, ya estaba presente en él cuando andaba por los caminos de Palestina predicando la Buena Noticia del Reino de Dios. En consecuencia, en la redacción de los evangelios, introducen ese dato de manera anticipada en la vida pública de Jesús anterior a su muerte, con el fin de mostrar que Jesús fue siempre un ser divino, cuya divinidad estaba oculta en su humanidad.

    En este sentido, como Dios encarnado que es Jesús, vivió constantemente transfigurado, pero no se manifestaba externamente con signos espectaculares. Ya vimos el domingo pasado, en el evangelio de las tentaciones, cómo Jesús rechaza el espectáculo y la exhibición. En cambio, su humanidad y divinidad se expresaban cada vez que se acercaba a los hombres y mujeres de su tiempo. Así,  cuando Jesús habla a la gente, es Dios quien habla a la gente, cuando se acerca a los pobres y marginados es Dios quien muestra su cercanía devolviéndoles su dignidad, cuando cura a los enfermos es Dios quien muestra su compasión dando salud y paz a los atormentados por la enfermedad, cuando perdona a los pecadores es Dios quien muestra su perdón y busca que vuelvan a la comunión con Él. La luz que transmite Jesús es la luz del amor, porque “Dios es amor”, que dirá san Juan; y por ello,  en la humanidad de Jesús se transparentaba Dios.

   El relato de la transfiguración del Señor, que leemos hoy, propicia una gran pregunta: ¿Quién era Jesús? O mejor: ¿Quién es Jesús para mí, hoy? El día del bautismo del Señor, que inició su vida pública, escuchamos la voz del cielo que mostraba la identidad de Jesús: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto”. Y en el relato de hoy escuchamos algo parecido: “Este es mi Hijo, el amado, en quién me complazco. ¡Escuchadlo!”.

    Escuchar es lo propio del discípulo. Pero escuchar no es solo oír los sonidos, sino que implica obedecer, poner en práctica aquello que se nos dice. La escucha fiel de la palabra de Jesús debe conducirnos a una transformación interior. Por tanto, escuchar a Jesús es comprometerse con su proyecto del Reino de Dios para hacer un mundo más humano, más fraterno, más solidario, donde nadie quede en los márgenes de la vida.


LECTIO DIVINA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA

HOJA DOMINICAL DIOCESANA