LECTURAS
- Génesis2,7-9;3,1-7
- Salmo responsorial 50,3-6.12-14.17
- Romanos 5,12-19
- Mateo 4,1-11
Las tentaciones de Jesús en el desierto no fueron un episodio puntual en la vida de Jesús, sino que representa las muchas tentaciones vividas por Jesús, en diferentes momentos, durante el desarrollo de su misión, tal como se recoge en los evangelios.
La tentación es lo propio de los seres humanos en el ejercicio de su libertad. Todos, en muchos momentos de la vida, nos preguntamos qué camino debemos tomar. Algunos caminos son muy seductores, pero algunos de eso caminos no nos convienen, porque nos hacen daño, aunque de entrada parezcan atractivos e interesantes. Eso es la tentación: sentirse atraído por lo malo con apariencia de bien.
Como Jesús fue verdadero hombre, también estuvo expuesto a los peligros y amenazas de todo ser humano. Él no pasa de puntillas por nuestra historia, sino que entra hasta el fondo y camina por los barros que tantas veces nos enfangan. Así, Jesús puede comprender a los que somos tentados.
Detrás de las tres tentaciones que sufrió Jesús (resumen de otras muchas), subyace una misma pregunta: ¿qué es lo verdaderamente importante para la vida humana? ¿El afán de riquezas para disfrutar a mi gusto, o el compartir?, ¿el poder, a disposición de mis intereses, o ayudar a los débiles y necesitados? ¿el prestigio y la ostentación para ser aplaudido y respetado, o la solidaridad? La tentación que lleva al mal busca apartarnos de Dios, seduciéndonos con algo que parece más importante o atractivo. La tentación no invita directamente a hacer el mal, sino que finge mostrar algo mejor que la confianza en Dios, algo más concreto como: el pan o el dinero, la fama o el prestigio, y el poder, delicia entre todas las delicias.