LECTURAS
- Isaías 58,7-10
- Salmo responsorial111,4-9
- 1 Corintios 2,1-5
- Mateo 5,13-16
Después del sermón de la montaña, o
Bienaventuranzas del domingo pasado, Jesús se dirige directamente a los discípulos
y, valiéndose de dos metáforas les dice: “Vosotros sois la sal de la
tierra…; vosotros sois la luz del mundo”. Con estas dos imágenes de la luz y la
sal, los invita a que sus obras sean visibles para los demás, de manera que las
personas puedan conocer a Dios a través del testimonio que dan.
¿Qué quiere decir ser sal? Todos
sabemos que la sal sirve para conservar los alimentos y para dar sabor a la
comida. Pues bien, en la vida de familia o en el trabajo diario, en nuestras
relaciones con los demás, todos podemos contribuir a dar buen sabor a la
existencia y a conservar los buenos valores. La vida de hoy tan sofisticada, tan
llena de cosas, tal vez, está necesitada de más alegría y humor, ilusión de
vivir, valoración de las cosas pequeñas.
Todo eso es la sal de la vida. Y esto no lo da la inteligencia artificial, ni
los robots, ni las máquinas o inventos sofisticados. Somos las personas de
carne y hueso quienes debemos poner sal a la vida. En esta forma de ser y hacer
encontramos nuestra misión los cristianos. Además, la sal es símbolo de discreción;
la sal no se ve, y aparentemente parece que no está, pero hace que los
alimentos tengan un sabor más agradable cuando está presente en su justa medida.
Así de discreta debería ser nuestra vida como cristianos.
¿Qué significa ser “luz del mundo”
según la propuesta de Jesús? Significa que debemos vivir de acuerdo con lo que
creemos, que no podemos escondernos ni hacernos los remolones ante las
necesidades de las personas o en lo que afecta al bien de todos. Si somos conocidos porque vamos a misa, lo
propio es que también seamos conocidos porque estamos dispuestos a ayudar, y
que los demás estén a gusto estando a nuestro lado, es decir, que las personas,
después de hablar o trabajar con nosotros se sientan mejor, más respetadas y
valoradas. Eso es ser luz para el mundo. Y si damos luz, debemos tener claro que
la fuente de la luz que damos procede de Jesucristo y de su Espíritu que habita
en nosotros. Los discípulos de Cristo no tenemos luz propia, nos parecemos más
bien a la luna que refleja la luz que recibe del sol. En un cristiano, ser luz consiste sencillamente en dejar
transparentar la acción de Dios en nuestra vida, y eso se debe notar.
LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA
HOJA DOMINICAL DIOCESANA
Después del sermón de la montaña, o Bienaventuranzas del domingo pasado, Jesús se dirige directamente a los discípulos y, valiéndose de dos metáforas les dice: “Vosotros sois la sal de la tierra…; vosotros sois la luz del mundo”. Con estas dos imágenes de la luz y la sal, los invita a que sus obras sean visibles para los demás, de manera que las personas puedan conocer a Dios a través del testimonio que dan.
¿Qué quiere decir ser sal? Todos sabemos que la sal sirve para conservar los alimentos y para dar sabor a la comida. Pues bien, en la vida de familia o en el trabajo diario, en nuestras relaciones con los demás, todos podemos contribuir a dar buen sabor a la existencia y a conservar los buenos valores. La vida de hoy tan sofisticada, tan llena de cosas, tal vez, está necesitada de más alegría y humor, ilusión de vivir, valoración de las cosas pequeñas. Todo eso es la sal de la vida. Y esto no lo da la inteligencia artificial, ni los robots, ni las máquinas o inventos sofisticados. Somos las personas de carne y hueso quienes debemos poner sal a la vida. En esta forma de ser y hacer encontramos nuestra misión los cristianos. Además, la sal es símbolo de discreción; la sal no se ve, y aparentemente parece que no está, pero hace que los alimentos tengan un sabor más agradable cuando está presente en su justa medida. Así de discreta debería ser nuestra vida como cristianos.
¿Qué significa ser “luz del mundo” según la propuesta de Jesús? Significa que debemos vivir de acuerdo con lo que creemos, que no podemos escondernos ni hacernos los remolones ante las necesidades de las personas o en lo que afecta al bien de todos. Si somos conocidos porque vamos a misa, lo propio es que también seamos conocidos porque estamos dispuestos a ayudar, y que los demás estén a gusto estando a nuestro lado, es decir, que las personas, después de hablar o trabajar con nosotros se sientan mejor, más respetadas y valoradas. Eso es ser luz para el mundo. Y si damos luz, debemos tener claro que la fuente de la luz que damos procede de Jesucristo y de su Espíritu que habita en nosotros. Los discípulos de Cristo no tenemos luz propia, nos parecemos más bien a la luna que refleja la luz que recibe del sol. En un cristiano, ser luz consiste sencillamente en dejar transparentar la acción de Dios en nuestra vida, y eso se debe notar.
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