LECTURAS
- 1 Samuel 16,1b.6-7.10-13a
- Salmo responsorial 22,1-6
- Efesios 5,8-14
- Juan 9,1-41
El Evangelio muestra un contraste: los
fariseos se niegan a reconocer lo que es evidente: que el ciego de nacimiento
ha sido curado. Aquellos que eran cumplidores escrupulosos
de la ley y que creen que ven son los que están realmente ciegos: la fe es
visión, la incredulidad es ceguera. La fe y la incredulidad dependen de la
acogida o rechazo de la luz qué manifiesta Jesucristo.
La luz que es Jesús ilumina lo bueno y
lo malo del corazón de cada persona, manifestado en sus obras. Aquellos que
obran el bien no tienen miedo de la luz de Cristo; pero quienes obran el mal
viven en la oscuridad y rechazan esta luz. Una vez más se manifiesta lo que
dice el Prólogo del evangelio de Juan sobre Jesús, el Verbo encarnado: “La luz
brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió”.
Creer en Jesucristo y aceptarlo como
la luz de Dios en nuestra vida tiene unas implicaciones en nuestro
comportamiento, que verifican nuestro ser cristiano. Así lo indica san Pablo en
la segunda lectura que hemos escuchado, dónde establece la oposición tinieblas-luz. Comienza el apóstol afirmando que el
creyente en Cristo es luz porque la recibe de Cristo, luz para el mundo. Su nueva
vida exige vivir como hijo de la luz, y esto se manifiesta en la coherencia de
su conducta en la vida cotidiana: “Por los frutos se conocerá quién es mi
discípulo”, dijo Jesús. Así, el apóstol enumera algunos frutos de dicha luz:
bondad, justicia y verdad.
Frente a lo anterior están las obras de
las tinieblas, que son incapaces de producir vida, y que no deben solo evitarse,
sino que también deben ser denunciadas y luchar contra ellas. Las
tinieblas simbolizan una existencia que no cuenta con Dios. En cambio, la luz
simboliza la participación en la vida de Jesucristo resucitado.
LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA
HOJA DOMINICAL DIOCESANA
El Evangelio muestra un contraste: los fariseos se niegan a reconocer lo que es evidente: que el ciego de nacimiento ha sido curado. Aquellos que eran cumplidores escrupulosos de la ley y que creen que ven son los que están realmente ciegos: la fe es visión, la incredulidad es ceguera. La fe y la incredulidad dependen de la acogida o rechazo de la luz qué manifiesta Jesucristo.
La luz que es Jesús ilumina lo bueno y
lo malo del corazón de cada persona, manifestado en sus obras. Aquellos que
obran el bien no tienen miedo de la luz de Cristo; pero quienes obran el mal
viven en la oscuridad y rechazan esta luz. Una vez más se manifiesta lo que
dice el Prólogo del evangelio de Juan sobre Jesús, el Verbo encarnado: “La luz
brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió”.
Creer en Jesucristo y aceptarlo como la luz de Dios en nuestra vida tiene unas implicaciones en nuestro comportamiento, que verifican nuestro ser cristiano. Así lo indica san Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado, dónde establece la oposición tinieblas-luz. Comienza el apóstol afirmando que el creyente en Cristo es luz porque la recibe de Cristo, luz para el mundo. Su nueva vida exige vivir como hijo de la luz, y esto se manifiesta en la coherencia de su conducta en la vida cotidiana: “Por los frutos se conocerá quién es mi discípulo”, dijo Jesús. Así, el apóstol enumera algunos frutos de dicha luz: bondad, justicia y verdad.
Frente a lo anterior están las obras de las tinieblas, que son incapaces de producir vida, y que no deben solo evitarse, sino que también deben ser denunciadas y luchar contra ellas. Las tinieblas simbolizan una existencia que no cuenta con Dios. En cambio, la luz simboliza la participación en la vida de Jesucristo resucitado.
LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA
HOJA DOMINICAL DIOCESANA
