El papa León XIV nos invita a orar por la paz
LECTURAS
El mismo día en que María Magdalena,
Pedro y el otro discípulo van y encuentran la tumba vacía y, posteriormente,
Jesús se le aparece a María Magdalena confiándole que anuncie a los discípulos
lo que él le ha dicho (Jn 20, 17-18); al atardecer, Jesús se aparece a sus
discípulos que están reunidos “con las puertas bien cerradas por miedo a los
judíos”, según dice el texto que leemos hoy, completando así una serie de
apariciones en el domingo de resurrección.
Notemos que el hecho de Jesús que puede
entrar en un recinto “cerrado”, nos habla del cuerpo resucitado de Jesús. Pero,
al mismo tiempo, al mostrar a sus discípulos sus manos y el costado, les
está haciendo ver que él es el mismo crucificado que ahora ha resucitado.
Jesús les ofrece los dones propios
de la resurrección: la paz, la alegría,
el Espíritu Santo, y les confía la misión que él había realizado
hasta entonces: “Como él Padre me ha enviado, así también os envío yo”, y les da también la gracia de perdonar los
pecados, como Jesús mismo hacía en su vida histórica.
Como podemos ver, el resucitado, a
partir de entonces se hará presente entre nosotros a través de sus discípulos
que serán los encargados de dar testimonio de ese hecho, y especialmente en los
sacramentos que celebra la Iglesia.
El texto continúa con el relato del
apóstol Tomás, que no estaba con ellos aquella tarde, y cuando se entera
dice que hasta no ver la marca de los clavos en su mano y no meter el dedo en
el lugar de los clavos y en el costado, no creerá.
Precisamente por eso, a los ocho días, el
domingo siguiente como hoy, Jesús vuelve a presentarse ante ellos, se dirige a
Tomás y le invita a que compruebe su identidad. El texto no dice si Tomás metió
su dedo en el lugar de los clavos, pero si nos relata su confesión de fe:
“Señor mío y Dios mío”. Tomás cree en la resurrección de Jesús y así la
confiesa. Es entonces cuando Jesús dice: “felices los que creen sin haber
visto”. Con estas palabras, Jesús está pensando en nosotros que no
estuvimos en su vida histórica y no vimos los acontecimientos, pero hemos sido
invitados a creer sin haber visto, fiándonos de la palara de quienes fueron
testigos de aquellos sucesos.

