LECTURAS
- Hechos de los Apóstoles 1,1-11
- Salmo responsorial 46,2--3.6-9
- Efesios 1,17-23
- Mateo 28,16-20
La Ascensión no
es una despedida, ni tampoco que Jesús se desentiende del mundo subiendo al Padre,
sino que es la transición entre la obra histórica de Jesús y la misión de la
Iglesia. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: “la Iglesia es misionera por naturaleza”. La
Iglesia existe para evangelizar, como hemos escuchado al final del Evangelio de
san Mateo: “Id a todos los pueblos, anunciad el Evangelio, bautizando a los que
crean, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”.
El mensaje
último de Jesús: “Id y haced discípulos a todos los
pueblos…”, muestra la voluntad de Dios de salvar a la humanidad, incorporándola
como familia suya, haciéndonos hijos adoptivos. Pero Dios quiere que nosotros
correspondamos con plena libertad. Dios no nos impone nada, al contrario, nos
ofrece gratis la salvación, es decir nos asocia a su vida donde nuestra
humanidad llegará a plenitud cómo la humanidad asumida por Cristo llegó a su
plenitud por la resurrección, entrando en el ámbito glorioso de Dios. Por eso, decimos
que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Antes de ser hombre era Dios y nunca
dejó de serlo, pero su humanidad que adquirió por la Encarnación es divinizada
(plenitud) por la resurrección. Ese mismo es nuestro destino según el proyecto
de Dios: ser divinizados y participar como hijos adoptivos de la vida y
felicidad de Dios. “Entonces seremos semejantes a él y lo veremos tal cual es”
(1 Jn3,2b).
Hoy la misión se realiza no sólo en
tierras extranjeras, sino también en los espacios concretos de nuestra vida
cotidiana: la familia, el trabajo, la parroquia, la cultura, las redes sociales,
los lugares donde hay indiferencia, dolor o marginación.
Pero tengamos también en cuenta que, con
bastante frecuencia, las preocupaciones diarias nos hacen olvidar nuestro
futuro definitivo; por ello, la
Ascensión nos recuerda que también hay que “mirar hacia arriba”, es decir, buscar la
realidad espiritual, para que un día, cuando nuestra breve estancia en esta
tierra termine, podamos vivir en plena comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
LECTIO DIVINA DE LA PARROQUIA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA
HOJA DOMINICAL DIOCESANA
La Ascensión no
es una despedida, ni tampoco que Jesús se desentiende del mundo subiendo al Padre,
sino que es la transición entre la obra histórica de Jesús y la misión de la
Iglesia. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: “la Iglesia es misionera por naturaleza”. La
Iglesia existe para evangelizar, como hemos escuchado al final del Evangelio de
san Mateo: “Id a todos los pueblos, anunciad el Evangelio, bautizando a los que
crean, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”.
El mensaje último de Jesús: “Id y haced discípulos a todos los pueblos…”, muestra la voluntad de Dios de salvar a la humanidad, incorporándola como familia suya, haciéndonos hijos adoptivos. Pero Dios quiere que nosotros correspondamos con plena libertad. Dios no nos impone nada, al contrario, nos ofrece gratis la salvación, es decir nos asocia a su vida donde nuestra humanidad llegará a plenitud cómo la humanidad asumida por Cristo llegó a su plenitud por la resurrección, entrando en el ámbito glorioso de Dios. Por eso, decimos que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Antes de ser hombre era Dios y nunca dejó de serlo, pero su humanidad que adquirió por la Encarnación es divinizada (plenitud) por la resurrección. Ese mismo es nuestro destino según el proyecto de Dios: ser divinizados y participar como hijos adoptivos de la vida y felicidad de Dios. “Entonces seremos semejantes a él y lo veremos tal cual es” (1 Jn3,2b).
Hoy la misión se realiza no sólo en tierras extranjeras, sino también en los espacios concretos de nuestra vida cotidiana: la familia, el trabajo, la parroquia, la cultura, las redes sociales, los lugares donde hay indiferencia, dolor o marginación.
Pero tengamos también en cuenta que, con
bastante frecuencia, las preocupaciones diarias nos hacen olvidar nuestro
futuro definitivo; por ello, la
Ascensión nos recuerda que también hay que “mirar hacia arriba”, es decir, buscar la
realidad espiritual, para que un día, cuando nuestra breve estancia en esta
tierra termine, podamos vivir en plena comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
