Tras aquella
visión y palabras en la montaña, Pedro lleno de entusiasmo dijo: “Maestro, ¡qué bueno es que
estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para
Elías”. Esta forma de hablar Pedro muestra el deseo humano de continuar disfrutando de la gloria
de Dios. Pero Jesús le muestra que tiene que volver a la realidad de la vida
todavía mortal. Mientras estamos en este mundo, solamente con la fe podemos
vivir con el convencimiento y esperanza de que, también, un día seremos
transfigurados, es decir, resucitados, gracias a Jesús.
Termina
el Evangelio diciendo: “Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron
a nadie nada de lo que habían visto". El “guardaron silencio” recuerda a María,
la madre de Jesús, que “guardaba todas
estas cosas en su corazón”. Quedó en la memoria de Pedro, Santiago y
Juan el recuerdo de lo que ocurrió en la cima del monte, pero lo más importante
es que intuyen que Jesús no es un maestro cualquiera, sino Dios mismo, aspecto
que descubrirán plenamente con la resurrección.
Metidos de
lleno en la Cuaresma, nos encaminamos hacia la celebración del misterio Pascual
de Jesús, su” paso” de la muerte a la vida. Este es el horizonte que no debemos
perder de vista. Cada año, con la Pascua celebramos el triunfo de Cristo y el
triunfo de la humanidad por Cristo, que actualizamos en cada celebración de la Eucaristía,
porque el cielo se hace presente en los sacramentos que celebramos.
A través de signos sensibles, los Sacramentos,
Dios actúa de manera invisible, porque en nuestra condición de, todavía, no
resucitados no podemos percibir físicamente la presencia de Dios. Pero él está
y actúa en nosotros. Esto es lo que sucede en la Eucaristía de cada domingo y
de cada día. Es lo que diremos en la última oración después de la Comunión: “Te
damos gracias, Señor, porque al participar en estos gloriosos misterios, nos
haces recibir, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo”.
Tres realidades están condicionando el
tiempo en que vivimos: la conectividad que facilitan las tecnologías
pero que provocan el aislamiento del presente, la soledad que a veces
se vive en medio de la multitud y el dolor que provoca el sufrimiento
y la injusticia.
En medio de todas esas realidades, los
sacerdotes, como Jesús, están llamados a sembrar esperanza.
Cuatro rasgos de este tiempo suscitan
depresión y desesperanza: la incertidumbre económica; el miedo a la enfermedad;
el uso masivo de redes sociales impregnadas de ideologías y bulos; y el
envejecimiento progresivo de la población. Las consecuencias se manifiestan en
los altos índices de depresión y de suicidio, que se han convertido en
problemas importantes de salud pública.
En este contexto social, 15.285
sacerdotes católicos desempeñan su misión en la Iglesia española
cumpliendo la misión de anunciar el Evangelio y sanar las heridas de este
tiempo. Esta es, también, la motivación que anima a cada uno de los 1.036
seminaristas que se forman en los seminarios de las diócesis españolas en
este curso 2024-2025. Su formación está centrada, precisamente, en ir
desarrollando progresivamente las actitudes y aptitudes que se necesitan para
ser sembradores de esperanza siendo sacerdotes misioneros a lo largo y ancho de
la geografía española. Y cada uno de estos seminaristas es una razón para la
esperanza en las 57 seminarios y comunidades formativas que hay en España. Como
seminaristas siguen el plan de formación vigente, un tiempo que se prolonga
entre 7 y 9 años, y en el que los seminaristas atraviesan cuatro etapas:
propedéutica, discipular, configuradora y de síntesis vocacional, que son
indispensables para que se manifieste la idoneidad de su vocación.
En este día del Seminario se hace
visible cómo el ministerio sacerdotal hace frente en muchas ocasiones a las
raíces de la desesperanza. Así, frente a la incertidumbre económica, los
sacerdotes son sembradores de esperanza porque se comprometen en el
acompañamiento de las personas que viven en situación de soledad o enfermedad y
desarrollan las 4.488 Cáritas parroquiales, que atienden más de 2,5 millones de
personas necesitadas y coordinan los equipos de voluntarios en las parroquias.
También frente a la despoblación y al
envejecimiento demográfico, los sacerdotes son sembradores de esperanza en el
mundo rural. La mitad de las parroquias que hay en España (22.921
parroquias) se encuentran en zonas rurales. Al frente de las mismas están
sacerdotes que acompañan a las personas que viven allí, las atienden
espiritualmente y hacen presente el Evangelio de Jesucristo en zonas muchas
veces abandonadas por otras instituciones.
En definitiva, de muchas maneras los
sacerdotes en España son sembradores de esperanza, en medio de una sociedad que
está amenazada, precisamente, por la desesperanza.
El motor que mueve a los sacerdotes a
emprender este servicio no es otro que la propia experiencia personal de
haberse encontrado con Cristo y de descubrirse llamado por él a través de la
Iglesia para servir a la humanidad sembrando la esperanza del Evangelio.